(A)Grafías Errantes

Los segundos pasan muy deprisa…
 
Quiero profundizar en el segundo.
Acurrucarme en el lapso de tiempo
que separa un segundo 
de otro segundo, del siguiente.
Declarar la guerra al tic-tac,
y vivir cada instante como si fuera
el primero y el último instante.  
 
Quiero ahondar en el segundo.
Resistir al torpe balanceo
que da sentido al paso del tiempo,
y regodearme en la inconsistencia
de la dulce acronía que envuelve
nuestra silueta.
 
Quiero incendiar el segundo.
Invocar la lentitud.
Hacer presente la desnudez que nos acerca,
y bailar en el centro de cualquier
eternidad. 
 
Imagen: El Mar del Norte en el claro de luna, Caspar David Friedrich

Los segundos pasan muy deprisa…

 

Quiero profundizar en el segundo.

Acurrucarme en el lapso de tiempo

que separa un segundo

de otro segundo, del siguiente.

Declarar la guerra al tic-tac,

y vivir cada instante como si fuera

el primero y el último instante. 

 

Quiero ahondar en el segundo.

Resistir al torpe balanceo

que da sentido al paso del tiempo,

y regodearme en la inconsistencia

de la dulce acronía que envuelve

nuestra silueta.

 

Quiero incendiar el segundo.

Invocar la lentitud.

Hacer presente la desnudez que nos acerca,

y bailar en el centro de cualquier

eternidad.

 

Imagen: El Mar del Norte en el claro de luna, Caspar David Friedrich

Hoy no quiero hablar.
Mis ojos están mudos
y mi voz está encerrada
en tu boca.
 
Mis oídos están rotos, sí, 
descosidos.
Mi piel está sedienta.
Mi piel es el desierto que
anhela tu lluvia.
 
Las palabras están tan cansadas
de amarillo, que necesitan
el rojo de tus labios para 
arribar en el naranja
de tu silencio.
 
Mis oídos están rotos, sí, 
descosidos.
Como descosido está 
tu afónico aullido,
tu grito sordo que
reta a la palabra.
 
Tu carne violeta
es el refugio del color rojo,
su sentido.
Mi sentido es surcar
el océano de tu alma.
Tejer tu cuerpo.
Inventarte.
 
Mis oídos están rotos, sí, 
descosidos.
Mis oídos quieren vivir
encerrados en tu boca.
 
Imagen: Composición VII, Wassily Kandinsky

Hoy no quiero hablar.

Mis ojos están mudos

y mi voz está encerrada

en tu boca.

 

Mis oídos están rotos, sí,

descosidos.

Mi piel está sedienta.

Mi piel es el desierto que

anhela tu lluvia.

 

Las palabras están tan cansadas

de amarillo, que necesitan

el rojo de tus labios para

arribar en el naranja

de tu silencio.

 

Mis oídos están rotos, sí,

descosidos.

Como descosido está

tu afónico aullido,

tu grito sordo que

reta a la palabra.

 

Tu carne violeta

es el refugio del color rojo,

su sentido.

Mi sentido es surcar

el océano de tu alma.

Tejer tu cuerpo.

Inventarte.

 

Mis oídos están rotos, sí,

descosidos.

Mis oídos quieren vivir

encerrados en tu boca.

 

Imagen: Composición VII, Wassily Kandinsky

En el corazón de tu espalda tibia,
dibujar el grito
que quiere destruirnos.
Abrir las puertas
y cerrar los ojos.
Para siempre.
 
En el centro de mis canillas,
diseñar el paso
que conduce al abismo.
Abrir los ojos
y cerrar las puertas.
Nunca.
 
A la izquierda de tu sexo,
edificar la ausencia
que anida en el silencio.
Abrir la oscuridad
y cerrar la luz.
Sin pausa.
 
A la derecha de tu voz,
inventar el tiempo
que nos ha dado la espalda.
Abrir la luz 
y cerrar la oscuridad.
Jamás.
 
En el afuera de tu mirada,
escribir el miedo
y también la esperanza.
Tejer la lluvia
y deshacer las estrellas.
Aquí.
 
En el interior de tu vientre,
componer la melodía
que resista al olvido.
Encender los sentidos
y apagar la distancia.   
Más lejos.
 
Imagen: Man Ray

En el corazón de tu espalda tibia,

dibujar el grito

que quiere destruirnos.

Abrir las puertas

y cerrar los ojos.

Para siempre.

 

En el centro de mis canillas,

diseñar el paso

que conduce al abismo.

Abrir los ojos

y cerrar las puertas.

Nunca.

 

A la izquierda de tu sexo,

edificar la ausencia

que anida en el silencio.

Abrir la oscuridad

y cerrar la luz.

Sin pausa.

 

A la derecha de tu voz,

inventar el tiempo

que nos ha dado la espalda.

Abrir la luz

y cerrar la oscuridad.

Jamás.

 

En el afuera de tu mirada,

escribir el miedo

y también la esperanza.

Tejer la lluvia

y deshacer las estrellas.

Aquí.

 

En el interior de tu vientre,

componer la melodía

que resista al olvido.

Encender los sentidos

y apagar la distancia.   

Más lejos.

 

Imagen: Man Ray

La primera ley es esa que anuncia el anonimato del tiempo.
La segunda es la que da nombre a la lluvia.
Y la tercera inaugura la carne (roja) que da sentido a tus labios.
Las demás leyes son tan solo un sucedáneo,
un invento de los hombres para hacerse fuertes ante
la barbarie del mundo.
 
El primer deseo es siempre el deseo,
al igual que el juego no tiene otro fin que jugarse.
Hablar del origen no es más que un ejercicio de vanidad,
un movimiento que se propone nombrar un imposible,
que pretende traducir una eternidad de la que no somos dueños.
 
La teoría es enfermedad y es pecado.
La teoría se parece a tu cuerpo, y tu cuerpo
es el espejo de la verdad nunca revelada.
Yo no quiero la verdad, pero sí quiero tu cuerpo.
Por ello, escenifico el sacrificio del espejo
y tenso la cuerda en la que habita el enigma.
En un movimiento afilado, parto en dos el tiempo
para colarme en la grieta de la eternidad,
de un infinito ahora presente.
 
La primera palabra se resiste al recuerdo.
La primera palabra es olvido, como olvido es 
todo aquello que los dioses no han querido o no han sabido decirnos.
La voz, por ser voz, no siempre dice, y por no decir
es silencio que calla la verdad, que custodia la verdad
como lo hace tu espejo.
Será que los espejos también callan, que los espejos son 
tu silencio
y el mío.
 
El privilegio del primero, del uno, de la génesis y de la totalidad.
Todo ello no resistiría la prueba del espejo.
Lo primero necesita de lo segundo para no enfrentarse a sí mismo.
El uno no soporta su solitaria y arrogante presencia,
por ello invoca una y otra vez la diferencia,
siempre muda, 
siempre oscura,
siempre otra.
 
El primer día es siempre cualquiera.
Cualquier día no es el mismo que cualquier otro.
Este cualquier día en el que escribo es (el y él) único.
Mañana será cualquiera y único.
El día de mi muerte será cualquiera y único.
La eternidad, por no ser día, ni ser cualquiera, ni ser única,
es siempre.
Una eternidad no se comunica con otra eternidad.
La eternidad no tiene espejo en el que mirarse.
 
Mi cuerpo, que no es eterno, se comunica con tu cuerpo.
Mis manos, que no son eternas, se comunican con tus manos.
Mis labios, que no son eternos, se comunican con tus labios.
Mi lengua, que no es eterna, se comunica con tu lengua.
Mi alma, que es eterna, no se comunica con tu alma.
La eternidad neutraliza la discontinuidad de los cuerpos,
inaugura la comunidad incomunicable de las almas,
y abre las puertas al olvido gozoso de los límites,
a la amnesia que escenifica la ilusión de la unidad.
 
 Imagen: M. C. Escher

La primera ley es esa que anuncia el anonimato del tiempo.

La segunda es la que da nombre a la lluvia.

Y la tercera inaugura la carne (roja) que da sentido a tus labios.

Las demás leyes son tan solo un sucedáneo,

un invento de los hombres para hacerse fuertes ante

la barbarie del mundo.

 

El primer deseo es siempre el deseo,

al igual que el juego no tiene otro fin que jugarse.

Hablar del origen no es más que un ejercicio de vanidad,

un movimiento que se propone nombrar un imposible,

que pretende traducir una eternidad de la que no somos dueños.

 

La teoría es enfermedad y es pecado.

La teoría se parece a tu cuerpo, y tu cuerpo

es el espejo de la verdad nunca revelada.

Yo no quiero la verdad, pero sí quiero tu cuerpo.

Por ello, escenifico el sacrificio del espejo

y tenso la cuerda en la que habita el enigma.

En un movimiento afilado, parto en dos el tiempo

para colarme en la grieta de la eternidad,

de un infinito ahora presente.

 

La primera palabra se resiste al recuerdo.

La primera palabra es olvido, como olvido es

todo aquello que los dioses no han querido o no han sabido decirnos.

La voz, por ser voz, no siempre dice, y por no decir

es silencio que calla la verdad, que custodia la verdad

como lo hace tu espejo.

Será que los espejos también callan, que los espejos son

tu silencio

y el mío.

 

El privilegio del primero, del uno, de la génesis y de la totalidad.

Todo ello no resistiría la prueba del espejo.

Lo primero necesita de lo segundo para no enfrentarse a sí mismo.

El uno no soporta su solitaria y arrogante presencia,

por ello invoca una y otra vez la diferencia,

siempre muda,

siempre oscura,

siempre otra.

 

El primer día es siempre cualquiera.

Cualquier día no es el mismo que cualquier otro.

Este cualquier día en el que escribo es (el y él) único.

Mañana será cualquiera y único.

El día de mi muerte será cualquiera y único.

La eternidad, por no ser día, ni ser cualquiera, ni ser única,

es siempre.

Una eternidad no se comunica con otra eternidad.

La eternidad no tiene espejo en el que mirarse.

 

Mi cuerpo, que no es eterno, se comunica con tu cuerpo.

Mis manos, que no son eternas, se comunican con tus manos.

Mis labios, que no son eternos, se comunican con tus labios.

Mi lengua, que no es eterna, se comunica con tu lengua.

Mi alma, que es eterna, no se comunica con tu alma.

La eternidad neutraliza la discontinuidad de los cuerpos,

inaugura la comunidad incomunicable de las almas,

y abre las puertas al olvido gozoso de los límites,

a la amnesia que escenifica la ilusión de la unidad.

 

 Imagen: M. C. Escher

Tengo miedo a los perros, los acantilados y los fantasmas.
Temo a los perros porque no me escuchan cuando les hablo.
Temo a los acantilados porque se parecen a la muerte.
Y temo a los fantasmas porque no me miran a los ojos.
 
Me entristece el olvido, la palabra y la carne de tu espalda.
Él anuncia la desposesión de uno mismo.
Ella reemplaza al ritmo de la vida.
Tu piel es solo la reina de todas las quimeras.
 
La incertidumbre es el mañana, mi paz y tu derrota.
La duda es esta vida que quiere pero no puede,
que se arma de valentía para seguir siendo cobarde,
que destila sus horas, escurre sus minutos y gotea sus segundos.
 
Siempre es la distancia, el tiempo y la pérdida.
Nunca es tu mirada, esa mirada que quiere comerse un mundo
que yo no habito, y en el que tampoco vive
la lluvia,
la locura
y el silencio.
 
Mi pie izquierdo sueña con dar el primer paso,
y mi pie derecho es el cobarde que elige consumirse
en el infierno del pasado.
Mi memoria resiste a duras penas su indigestión,
y mi refugio descansa a la intemperie.
 
Practico la amnesia para poder quererte, para 
bailar en el centro de la catástrofe sin esguinzarme el corazón.
Juego con las palabras para invocar el desequilibrio, para
emular la senda de la oscuridad, para
ignorar el camino.
 
Ayer es lo irreparable.
Hoy es lo ineludible.
Mañana es lo imposible.
 
Imagen: Chema Madoz

Tengo miedo a los perros, los acantilados y los fantasmas.

Temo a los perros porque no me escuchan cuando les hablo.

Temo a los acantilados porque se parecen a la muerte.

Y temo a los fantasmas porque no me miran a los ojos.

 

Me entristece el olvido, la palabra y la carne de tu espalda.

Él anuncia la desposesión de uno mismo.

Ella reemplaza al ritmo de la vida.

Tu piel es solo la reina de todas las quimeras.

 

La incertidumbre es el mañana, mi paz y tu derrota.

La duda es esta vida que quiere pero no puede,

que se arma de valentía para seguir siendo cobarde,

que destila sus horas, escurre sus minutos y gotea sus segundos.

 

Siempre es la distancia, el tiempo y la pérdida.

Nunca es tu mirada, esa mirada que quiere comerse un mundo

que yo no habito, y en el que tampoco vive

la lluvia,

la locura

y el silencio.

 

Mi pie izquierdo sueña con dar el primer paso,

y mi pie derecho es el cobarde que elige consumirse

en el infierno del pasado.

Mi memoria resiste a duras penas su indigestión,

y mi refugio descansa a la intemperie.

 

Practico la amnesia para poder quererte, para

bailar en el centro de la catástrofe sin esguinzarme el corazón.

Juego con las palabras para invocar el desequilibrio, para

emular la senda de la oscuridad, para

ignorar el camino.

 

Ayer es lo irreparable.

Hoy es lo ineludible.

Mañana es lo imposible.

 

Imagen: Chema Madoz

Toda palabra es afónica.
Todo silencio promete la lluvia.
Toda huella es presente.
Todo pasado es sólo un esbozo.
Toda respuesta es imposible.
Todo camino conduce a tu cuerpo.
Toda mirada es un engaño.
Todo tiempo inventa la muerte.
 
Todos los versos son el mismo.
 
Imagen: Chema Madoz

Toda palabra es afónica.

Todo silencio promete la lluvia.

Toda huella es presente.

Todo pasado es sólo un esbozo.

Toda respuesta es imposible.

Todo camino conduce a tu cuerpo.

Toda mirada es un engaño.

Todo tiempo inventa la muerte.

 

Todos los versos son el mismo.

 

Imagen: Chema Madoz

Abro una ventana al mundo
para querer quererlo,
para no poder hacerlo,
para no abrirla más.
 
Abro una puerta al enigma
para rasgar su velo,
para romper el hielo,
para tratar de llegar.
 
Sello la entrada al olvido
para fijar tu recuerdo,
para no saber si te pierdo,
para no abandonar.
 
Detengo el paso del tiempo
para vivir el instante,
para ser tu habitante,
para encontrar mi lugar.
 
Imagen: El telescopio, René Magritte

Abro una ventana al mundo

para querer quererlo,

para no poder hacerlo,

para no abrirla más.

 

Abro una puerta al enigma

para rasgar su velo,

para romper el hielo,

para tratar de llegar.

 

Sello la entrada al olvido

para fijar tu recuerdo,

para no saber si te pierdo,

para no abandonar.

 

Detengo el paso del tiempo

para vivir el instante,

para ser tu habitante,

para encontrar mi lugar.

 

Imagen: El telescopio, René Magritte

Mi calma habita tu exilio,

donde cada aliento,

donde cada momento, 
no es más que un alivio.
 
Mi paz muere en tu frío,

donde toda palabra,

donde todo verso,

se torna vacío.
 
Mi luz se nubla en tu espejo,

donde cada mirada,

donde cada gesto,

no es más que un reflejo.
 
Mi trauma vive en tu grieta,

donde toda huida,

donde toda esperanza,
se le niega al poeta.
 
Mi rastro anida en tus pasos,
donde cada estela,
donde cada huella,
anuncia nuestro fracaso.
 
Mi tiempo agoniza en tu deseo,
donde toda aspiración,
donde todo anhelo,
no es más que un devaneo.
 
Imagen: El espejo falso, René Magritte

Mi calma habita tu exilio,


donde cada aliento,


donde cada momento,

no es más que un alivio.

 

Mi paz muere en tu frío,


donde toda palabra,


donde todo verso,


se torna vacío.

 

Mi luz se nubla en tu espejo,


donde cada mirada,


donde cada gesto,


no es más que un reflejo.

 

Mi trauma vive en tu grieta,


donde toda huida,


donde toda esperanza,

se le niega al poeta.

 

Mi rastro anida en tus pasos,

donde cada estela,

donde cada huella,

anuncia nuestro fracaso.

 

Mi tiempo agoniza en tu deseo,

donde toda aspiración,

donde todo anhelo,

no es más que un devaneo.

 

Imagen: El espejo falso, René Magritte

Le pido al tiempo que no enmudezca,
para que la lluvia no se canse
de entonar su canción.
 
Le pido al sol que no brille,
para seguir disfrutando de la oscuridad
que nos acerca.
 
Le pido a la palabra que se evapore,
para así restablecer el lenguaje
de la mirada.
 
Le pido a mi corazón que no olvide,
para que mi rastro sea firme
entre los escombros.
 
Le pido a mi cuerpo que resista,
para superar juntos los envites
de esta vida perra.
 
Y te pido a ti, que ya no estás,
que prestes oídos al gotear
de esos besos que resuenan
en la memoria.

Imagen: Chema Madoz

Le pido al tiempo que no enmudezca,

para que la lluvia no se canse

de entonar su canción.

 

Le pido al sol que no brille,

para seguir disfrutando de la oscuridad

que nos acerca.

 

Le pido a la palabra que se evapore,

para así restablecer el lenguaje

de la mirada.

 

Le pido a mi corazón que no olvide,

para que mi rastro sea firme

entre los escombros.

 

Le pido a mi cuerpo que resista,

para superar juntos los envites

de esta vida perra.

 

Y te pido a ti, que ya no estás,

que prestes oídos al gotear

de esos besos que resuenan

en la memoria.


Imagen: Chema Madoz


Queridos Reyes Magos:
 Me pongo en contacto con ustedes, después de tantos años, con la esperanza de que, junto con los calcetines, el pijama y la colonia de massimo dutti (sí, ya ven que las cosas no han cambiado mucho desde la última vez), tengan el atino de hacerme llegar la habilidad para encontrar la palabra precisa, esa palabra que desate los muchos nudos que he dejado a mi paso. Lo he probado todo. Me he esforzado como ninguno para tratar de deshacerlos por mí mismo, pero en los últimos meses las cosas se han torcido, y cada día que pasa aumenta la tensión de esa cuerda que es mi vida (y cada vez más mi muerte). De vez en cuando la magia llama a mi puerta y logro tomarme un respiro, pero siento que no es más que un consuelo.
Por todo ello, deseo ser poseedor de la palabra desatada, para así liberar los nudos, ablandar los corazones, invocar a las brujas, predecir las sonrisas y, por qué no, desatar la lluvia, el diluvio que devuelva cada cosa a su lugar. Se lo pide el niño que todavía es libre en mi interior. Se lo pide (también) el adulto que aún camina con cierta ligereza, pero que es consciente de su carga. Se lo pide (sobre todo) el tiempo y sus ataduras, las mías.
Mi esperanza les espera…
 
Menú:
- Vino joven
- Polvorones
- Agua (para los camellos) 

Queridos Reyes Magos:

Me pongo en contacto con ustedes, después de tantos años, con la esperanza de que, junto con los calcetines, el pijama y la colonia de massimo dutti (sí, ya ven que las cosas no han cambiado mucho desde la última vez), tengan el atino de hacerme llegar la habilidad para encontrar la palabra precisa, esa palabra que desate los muchos nudos que he dejado a mi paso. Lo he probado todo. Me he esforzado como ninguno para tratar de deshacerlos por mí mismo, pero en los últimos meses las cosas se han torcido, y cada día que pasa aumenta la tensión de esa cuerda que es mi vida (y cada vez más mi muerte). De vez en cuando la magia llama a mi puerta y logro tomarme un respiro, pero siento que no es más que un consuelo.

Por todo ello, deseo ser poseedor de la palabra desatada, para así liberar los nudos, ablandar los corazones, invocar a las brujas, predecir las sonrisas y, por qué no, desatar la lluvia, el diluvio que devuelva cada cosa a su lugar. Se lo pide el niño que todavía es libre en mi interior. Se lo pide (también) el adulto que aún camina con cierta ligereza, pero que es consciente de su carga. Se lo pide (sobre todo) el tiempo y sus ataduras, las mías.

Mi esperanza les espera…

 

Menú:

- Vino joven

- Polvorones

- Agua (para los camellos)